Vejez y Envejecimiento

El Envejecimiento de la población, es uno de los tres temas del Siglo XXI, por tanto, es  un proceso global, multidimensional y sistémico. En Chile, se estima que el año 2020 habrá igual cantidad de niños menores de 15 años que Adultos Mayores y el 26,4% de los chilenos tendrá más de 65 años hacia el 2050. Destacando que Francia demoró 115 años en doblar su población de adultos mayores de 65 años (de 7% a 14%) se espera que en Chile este proceso tome menos de 27 años, según el estudio de Pérez y Sierra, del año 2009.

El Informe sobre Envejecimiento de la Organización Mundial de la Salud, 2015, concluye en su capítulo 1 “Las estrategias de salud pública que se han adoptado frente al envejecimiento de la población han sido claramente ineficaces. La salud de las personas mayores no acompaña el ritmo con el que aumenta la longevidad; las marcadas inequidades en salud son evidentes en el estado de salud de las personas mayores; los sistemas de salud actuales no están adaptados a la atención que necesita la población de edad avanzada, incluso en los países de ingresos altos; los modelos de cuidados a largo plazo son a la vez inadecuados e insostenibles; y los entornos físicos y sociales presentan múltiples obstáculos carecen de incentivos para la salud y la participación.

Es necesario un nuevo marco de acción global, que tenga en cuenta la gran diversidad de la población de edad avanzada y encare las desigualdades de fondo. Este marco de acción debe impulsar la creación de nuevos sistemas de asistencia sanitaria y cuidados a largo plazo más acordes con las necesidades de las personas  mayores, y velar por que todos los sectores se centren en objetivos comunes para que las iniciativas sean coordinadas y equilibradas. Ante todo, es preciso superar las formas obsoletas de concebir la vejez, fomentar un cambio importante en la forma de entender el envejecimiento y la salud e inspirar la creación de enfoques transformadores. Dado que el cambio social es constante e impredecible, estas medidas no pueden ser prescriptivas, sino, por el contrario, deben tratar de fortalecer la capacidad de las personas mayores de prosperar en el entorno turbulento en que probablemente vivan.

Estas conclusiones no son ajenas a la realidad de nuestro país, pues la última radiografía de la vejez en Chile, señala  que uno de los aspectos más complejos del sistema, de acuerdo a los expertos, es la oferta y demanda de los Establecimientos de Larga Estadía para los Adultos Mayores (ELEAM), nombre técnico de los hogares y residencias para ancianos con alta dependencia.

La oferta es casi monopolizada por fundaciones de la sociedad civil, que ofrece 5.707 camas. En contraste, la oferta 100% estatal es de 658 camas. En total son 742 ELEAM en todo el país, entre centros públicos y privados. Por esto, en el Estado hay 610 personas en lista de espera y en las fundaciones, al menos 1300. Esta carencia ha generado la proliferación de centros clandestinos, o en terminología técnica, “no registrados”, debido a que no cumplen con las exigencias de la Seremi de Salud, correspondientes sobre todo a medidas de infraestructura y seguridad, como piezas apropiadas, calefacción, espacios públicos y personal calificado.

A ello, se suma el abandono que sufren las personas mayores residentes, pues la información de referencia de la Fundación Las Rosas, muestran que un 50% de los residentes en los hogares no recibe absolutamente ninguna visita.

Otro punto que en las distintas fundaciones califican como “dramático” es el poco o casi nulo acceso que la clase media tiene a los hogares que ayudan a cuidar a personas mayores con dependencia. Esto, debido a que la oferta se divide en las llamadas “senior suites” -cuyo costo, solo considerando hotelería, se acerca a los 3 millones de pesos- y los hogares de las fundaciones y el Estado, destinados exclusivamente a los sectores más pobres.

Otro aspecto central, de la vejez y envejecimiento es la discriminación que sufre la persona mayor, porque mientras la publicidad y el marketing se concentran en generar incontables campañas “antiedad”, las cifras de adultos mayores en el mundo crecen y en Chile los expertos aseguran que nuestro país está envejeciendo aceleradamente. La discriminación y la caricaturización de este grupo etario, acuñado bajo el término del edadismo, concentran la preocupación de la Organización Mundial de la Salud por el impacto que estos prejuicios causan en la salud mental y física de estas personas.

Por eso es importante, destacar que el término “edadismo” fue acuñado a fines de la década de los sesenta por Robert Neil Butler, gerontólogo y psiquiatra norteamericano, con un objetivo claro: dejar de hablar de gerontofobia (miedo patológico o fobia a envejecer), para hablar desde los «ismos” -feminismo, racismo- que en ese momento enarbolaban las luchas sociales. Concebida entonces como una palabra de mayor recordación e impacto social, el “edadismo” no tardó en convertirse en el término utilizado por la comunidad internacional para tipificar la actitud negativa respecto al envejecimiento, y en uno de los prejuicios que la OMS monitorea con atención. Porque considerando que en la actualidad 600 millones de personas tienen 60 años o más, y que para 2050 se proyecta que 2.000 millones de personas en el mundo sean adultos mayores -alcanzando un 22 por ciento de la población mundial-en el edadismo radican, según este organismo internacional, algunas de las causas de los deterioros de la salud física y mental de las personas mayores. Porque convivir en una sociedad que se niega al envejecimiento, que lo combate desde la primera arruga y que lo segrega del espectro laboral y social relacionándolo a deterioro y baja productividad, no auspicia un futuro próspero para la población que dominará el mundo en treinta años más.

El edadismo es una de las tres grandes formas de discriminación de nuestra sociedad, por detrás del racismo y el sexismo.

En el Plan Internacional de Acción de las Naciones Unidas, en abril de 2002, se sitúa la problemática del maltrato hacia las personas mayores dentro de la violación de los Derechos Humanos Universales.

Se requiere una perspectiva cultural y de género para tratar este tema, ya que es un problema universal. Tanto el sexismo como el edadismo son formas de discriminación, operaciones culturales que pueden darse conjuntamente y que pueden llevar a una reducción de la autoestima, debilitan el “yo”, y emplean el físico como medida del mérito. Además, respecto a las relaciones de poder, situará a las personas en una posición de debilidad.

Se asume que las personas mayores están en un proceso de decadencia, que se concretaría en una progresiva reducción de sus capacidades físicas y mentales. La discriminación que viven las personas por tener una edad avanzada ha sido silenciada, y con la invisibilidad social, se produce un favorecimiento de la vulnerabilidad de las personas mayores.

La discriminación la sufren especialmente las mujeres por el machismo cuyos efectos son potenciados por ser las que tienen una mayor esperanza de vida. El poder vivir más años podría considerarse como algo positivo, pero se traduce en algo negativo al haberse hallado una mayor tendencia en las mujeres frente a los hombres de padecer enfermedades crónicas.

En estos problemas crónicos se incluyen la artritis, reumatismos, diabetes, hipertensión, osteoporosis y dificultades en la visión. Los problemas de salud se convierten en otro factor más de predisposición al maltrato, ya que las sitúa en una posición de desventaja, al convertirse en dependientes de otras personas.

Entonces, el edadismo se expresa en los tres componentes: cognitivo, conductual y emocional, y su análisis lleva a la diferenciación en una serie de tipologías.

Primeramente, nos encontramos con el edadismo en las personas, en el cual se reunirían determinadas ideas, creencias, actitudes y prácticas del individuo como las de maltrato físico, apoyo a los estereotipos sobre la vejez, o la exclusión de las personas mayores.

El edadismo institucional se hallaría en servicios, normas y prácticas como la jubilación obligatoria o el no tener en cuenta a las personas mayores en los estudios de ensayo clínico.

Se puede delimitar un edadismo intencionado y uno no intencionado. Mientras que en el intencionado se englobaría por ejemplo a la publicidad y los medios de comunicación de masas que se valen de los estereotipos hacia el colectivo de personas mayores, o las estafas financieras; en el no intencionado (llamado “involuntario”), estarían la ausencia de procedimientos para asistir a las personas mayores en situaciones de emergencia, o el lenguaje empleado en los medios de comunicación.

Aclarando qué son los malos tratos hacia las personas mayores, se observan prácticas muy heterogéneas, pudiéndose estas ser clasificadas en malos tratos físicos, sexuales, económicos y, por último, negligencias. Se deduce que en los físicos se recogen tanto las agresiones físicas directas, como las realizadas a través de objetos.

Dentro de los malos tratos económicos, se incluye el uso ilegal de los medios económicos de la persona mayor de una forma indebida, sin su consentimiento, que puede incluir la falsificación de la firma de la persona mayor o la coacción para que éste firme.

Un ejemplo de edadismo en Chile, fue la experiencia de Miguel Kiwi, 79 años, ingeniero civil mecánico, doctor en Física y Premio Nacional de Ciencias Exactas 2007, fue al banco para solucionar un problema con su tarjeta de crédito y solicitar una nueva y no se la dieron, porque no el banco no le entregan tarjetas nuevas a personas mayores de 75 años.

Esta es la lucha de la escritora Ashton Applewhite, de 65 años que ha dedicado los últimos años de su vida a combatir la discriminación por edad. Plantea que lo difícil no es envejecer, sino que lo realmente complejo es padecer la discriminación y el prejuicio social sobre algo tan irrefrenable como el paso del tiempo y sus señales. Haciendo eco a una de las máximas del edadismo: está tan enquistado en la sociedad, que es posible encontrar discriminación por edad no sólo en los ambientes laborales, sino que también en la salud, cuando se infantiliza a los adultos y no se les atiende igual que al resto de los pacientes; en la educación, cuando se asocia la vejez a la caricatura del desvalido; en los medios de comunicación, cuando se habla de los abuelitos”; y en la publicidad, cuando se refuerza el ideal de belleza desde la juventud. “Ese es justamente un punto importante, porque todo el prejuicio está basado en estereotipos, especialmente cuando hablamos de la edad, porque todos envejecemos en distintas edades y de distinta manera social. Claramente, hoy existe una cultura que le dice a las personas mayores que son feas, que eres viejo, que no tienes un propósito aquí, y eso hace todo mucho más difícil”.

Esta escritora no exagera. Todavía no existe una industria en contra de la juventud, pero sí hay una estructura montada para combatir la vejez. En esto, el marketing explota los conceptos “antiedad”, “rejuvenecimiento”, “antiarrugas” y se repiten como un mantra en campañas que refuerzan el ideal de juventud, con mujeres que se sacan máscaras arrugadas para dar paso a pieles tersas y lozanas.

Contrario al estigma de la edad, ella postula que las personas que envejecen bien son las que tienen un propósito, o un plan de vida, para derribar la idea de la pérdida de protagonismo y mantener una mayor agudeza intelectual. “El propósito en la vida de las personas no tiene que ser curar el cáncer o terminar el edadismo; puede ser ver a tus nietos graduarse del colegio o ver las rosas florecer en la primavera”.

Al respecto, es relevante reflexionar sobre las percepciones que se tienen respecto a “la edad”, la cual supuestamente conlleva de manera homogénea en los individuos el deterioro de capacidades físicas y cognitivas conforme a su avance. Nada más alejado de la verdad, dado que dicha disminución de capacidades, hecho no discutible, depende de las condicionantes propias de cada uno y del medio ambiente, siendo una condición heterogénea e independiente de la edad cronológica.

Es el momento de decir no al “edadismo” en nuestra sociedad, y sí a la calidad reflejada en los saberes, experiencia y la capacidad de transmitir, generar y difundir conocimiento nuevo, independientemente si se ha cumplido 30 o 60 años.

Entonces, en un país envejecido como Chile, es clave el rol activo y mancomunado del Estado, la sociedad civil y las propias personas mayores, que deben ser actores principales para lograr su plena inclusión social.